Al caminar por la plaza de San Marcos cuesta creerlo, pero Venecia no se apoya sobre roca. Se apoya sobre un bosque al revés: millones de pilotes de madera clavados en el fondo de la laguna.
El truco de los pilotes
Los venecianos clavaban pilotes de aliso, roble y alerce, muy juntos unos a otros, hasta alcanzar una capa de arcilla compacta llamada caranto. Sobre esa plataforma se colocaban tablones de madera y, encima, bloques de piedra de Istria, que impermeabilizaban la base y aislaban los muros del agua salada.
La madera, enterrada en el fango sin oxígeno, no se pudre: con el tiempo se mineraliza y se vuelve dura como la piedra. Por eso siguen en pie edificios de hace quinientos años.
Cifras que hablan
Según la tradición, el Puente de Rialto se apoya en unos doce mil pilotes y la gran basílica de la Salute tiene más de un millón. Son cifras que conviene tomar con cautela, pero que dan una idea de cuánto trabajo y cuánto bosque hicieron falta: bosques enteros del interior fueron talados para construir la ciudad, y la República reguló con gran severidad el uso de los bosques.
¿Y hoy?
El problema no son los pilotes, sino el agua que sube. El nivel del mar crece, el suelo se ha hundido y la «acqua alta» se ha convertido en un asunto cotidiano. Desde 2020, el sistema de barreras móviles MOSE protege la laguna de las mareas más altas, pero es solo una parte de la respuesta: el mantenimiento de una ciudad así exige un cuidado constante.
La próxima vez que camines por una calle, recuerda que bajo tus pies hay un bosque. En el tour San Marcos y Rialto hablamos de ello mirando las fachadas y los cimientos, con alguna anécdota más.